miércoles, 3 de abril de 2024

José Gómez Caffarena: El enigma y el misterio. Por Manuel Fraijó

Gómez Caffarena, José: El enigma y el misterio. Una filosofía de la religión. Trotta, Madrid, 2007. 704 páginas. Comentario realizado por Manuel Fraijó.

Estamos, probablemente, ante uno de los textos de mayor relevancia filosófica publicados en España en los últimos años. Afirmaba Ortega que quien se lanza a filosofar es porque ha naufragado en su fe; sólo el filósofo tiene que recurrir a las ideas para sobrevivir; el creyente, no. Sin embargo, ésta es la obra cumbre de un creyente cristiano, jesuita, a quien nadie negará reciedumbre filosófica. A José Gómez Caffarena se le puede aplicar el lema de Blondel: «viviendo en cristiano, pensar como filósofo». Los centros universitarios de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares, Roma y Madrid han sido, durante 50 años, escenarios privilegiados de su magisterio. Magisterio que ha quedado plasmado en publicaciones de hondo calado, que marcaron a varias generaciones de amantes de la filosofía. 

Más en concreto: el autor de este libro practica la filosofía de la religión, como reza el subtítulo. Ello significa que se esfuerza por tender puentes entre la fe y el pensamiento. La fe no es hija sólo del sentimiento; puede también ser resultado de las fatigas del pensar, del argumentar, del esfuerzo conceptual. Al lector de esta obra le quedará claro que su autor no se entrega a los emotivismos fáciles, por lo general efímeros y de corta duración. Gómez Caffarena tiene muy presente el doble reproche unamuniano: acusaba éste a la filosofía de intentar justificarlo todo racionalmente; al mismo tiempo, lamentaba que la religión no otorgase a sus promesas suficiente verosimilitud racional. Así anduvo Unamuno, siempre tenso entre una «doble nacionalidad»: la de la razón y la de la fe. Concluyó que la religión y la razón «son enemigas entre sí y, por ser enemigas, se necesitan una a otra». Estableció así una relación de tensión y complementariedad entre ambas. También el libro de Gómez Caffarena se inscribe en esta tradición. Su autor sabe que la filosofía y la religión habitan bajo un mismo techo y acometen empresas similares. Ambas reflexionan sobre la vida y la muerte, sobre el dolor y la felicidad, sobre la esperanza y la acción de los seres humanos en el mundo. Su campo de acción es el mismo. Su desgaste, probablemente, también. Se hace, pues, inevitable una cierta tensión entre ellos. 

Nietzsche pretendió zanjar la cuestión sometiendo la religión a la filosofía. Con su habitual contundencia escribió: «Es caro y terrible el precio que se paga siempre que las religiones no están en manos del filósofo...». El tiempo transcurrido después de Nietzsche ha mostrado dramáticamente que todo es más complejo de lo que él imaginó.

Sensible al sufrimiento humano, y solidario con él, Gómez Caffarena articula un proyecto amable de filosofía y de religión. Se ha pasado la vida inclinado sobre el enigma y el misterio y, en la cumbre de la madurez, nos entrega el resultado de su prolongada meditación. La obra se inicia con un detallado y exhaustivo estudio de las religiones: su historia, su estructura, sus manifestaciones, su plasmación en los grandes credos religiosos de la humanidad. Es un comienzo obligado: no se puede filosofar sobre lo que se desconoce. De ahí la necesidad de este estudio empírico, rico y muy bien articulado. En una segunda parte se analizan las «posiciones filosóficas ante lo religioso». Aquí nos salen al encuentro tres grandes invitados de honor: Hume, Kant y Hegel. Son, como es sabido, los padres fundadores, los grandes iniciadores de la filosofía de la religión. Hume supuso un auténtico sobresalto filosófico que puso punto final a una placidez religiosa milenaria. Se decantó por «la claridad meridiana de lo sensible» y sometió la verdad de las religiones a severísimos criterios de verificación empírica que ninguna religión resiste; más llevadero resultó, a la larga, el desafío kantiano: los rigores de la Crítica de la Razón Pura quedaron notablemente mitigados por la apuesta humanista del conjunto de la obra kantiana; Hegel se encontró con un concepto de filosofía de la religión ya perfilado y lo convirtió en eje de su sistema metafísico, volcando en él toda su ansia de unidad, verdad, armonía y racionalidad. 

Hay algo común a los tres iniciadores de la filosofía de la religión: todos ellos ignoran el término «misterio». Por lo general, la filosofía no suele apelar abiertamente al misterio. Y, desde luego, no es frecuente que apele al misterio de Dios. A lo sumo, se referirá, como Pascal, al misterio del universo o al misterio del hombre. Incluso en Tomás de Aquino es esporádica la presencia del «misterio» y carece del rango de término técnico. Y es que, como señalaba Ortega, la filosofía aspira, desde siempre, a desvelarlo todo, a ser «el secreto a voces». No puede, pues, según Ortega, encariñarse con el misterio y, menos aún, entonar sus loas. 

Sin embargo –y ésta es su gran originalidad–, Gómez Caffarena, sin abandonar el ámbito de la filosofía, apela abierta y modestamente al misterio: «Quizás es un misterio último lo que se deja entrever desde el enigma». El enigma es el ser humano, la vida, la naturaleza, la realidad en su conjunto. Y Gómez Caffarena cree que ese enigma no es mudo ni opaco; puede ser elocuente, transparente, huella, «cifra» (K. Jaspers) de la Trascendencia. Sin apelar al misterio, se torna imposible hablar de Dios. Dios ha llegado tarde a las religiones. Algunas de ellas ni lo nombran. El misterio, en cambio, es una categoría más ancestral y abarcante. Y, antes o después, todos terminamos mirándolo fijamente. Es la última carta, bien humilde por cierto, que pueden presentar la filosofía y la teología. «Misterio absoluto» lo llamaba insistentemente K. Rahner. Es más: determinadas filosofías, incluso sin mencionar el misterio, se adentran muy hondamente en él. Es, para mí, el caso de la vieja Escuela de Frankfurt, con sus melancólicos y desesperanzados alegatos en favor de un sentido final que alcance a las víctimas de la barbarie intrahistórica. 

Ese sentido último es la meta final del libro de Gómez Caffarena. Su tercera parte, la más personal, consagrada al intento de esbozar «la plausibilidad filosófica de la fe en Dios», es un canto a la esperanza, pero un canto entrecortado y austero, como deben ser los cantos de los hombres y mujeres que vivieron los horrores del siglo XX. «Sueño de un vigilante» llamó Aristóteles a la esperanza. También Gómez Caffarena ha sido, y continúa siendo, un fiel vigilante, cercano y querido por innumerables discípulos y amigos. Un vigilante que no oculta su identidad: «Soy un creyente cristiano». Desde ese milenario credo cristiano evoca, en los magníficos capítulos finales, a Dios como creador y Señor de la historia. Lo hace como debe hacerlo un filósofo: con ideas, con razones, sin dogmatismos, apelando a lo mejor del ser humano. Hegel quería que la filosofía de la religión nos hiciera «lúcidos» en asuntos de religión. El lector que se adentre en las 700 páginas de este libro saboreará esa lucidez, tan ausente a veces de los debates sobre el puesto de la religión en nuestra sociedad. 

Y tal vez lo más importante: el lector de esta obra se encontrará con un gran pensador que, desde la atalaya de sus 83 años, escribe: «No es ninguna necedad ni locura esperar». Una conclusión que va precedida de prolongadas meditaciones sobre el mal, el sufrimiento y la muerte. En su «dramática ponderación entre el sí y el no» a la fe, vence decididamente el sí. En último término –así lo confiesa–, porque muy tempranamente se introdujo en su biografía, con ímpetu decisivo, Jesús de Nazaret, alguien que «afrontó el mal con enorme dolor, pero con prevalente esperanza». Es la esperanza que alienta en todas las páginas de este libro. Al concluir su lectura y volver la mirada al mundo que dejaremos en herencia, uno se pregunta calladamente si no tendrá razón Claudio Rodríguez cuando, con la fuerza del buen decir, escribe: «Tuertos para la realidad porque ciegos para el misterio». El libro de Gómez Caffarena es una gran iniciación al misterio. 


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