Byung-Chul Han: La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona, 2024. 118 páginas. Comentario realizado por Javier Sánchez Villegas.
Confieso que mi encuentro con La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han no ha estado exento de cierta resistencia inicial. Había escuchado tantas veces el nombre del autor, lo había visto citado en contextos tan diversos —desde sesudos libros de filosofía, artículos en el periódico hasta referencias fugaces en redes sociales (en las que prácticamente no entro, salvo para hacer publicidad de los comentarios a los libros que publico en Libris Liberi)— que me acerqué a este libro con esa desconfianza casi instintiva que provocan las obras excesivamente celebradas. Uno se pregunta, inevitablemente, si detrás del eco constante hay verdadera sustancia o simplemente una moda intelectual pasajera. El beneficio de la duda se lo concedí tras saber que le entregaban el premio Princesa de Asturias de 2025. Sin embargo, a pesar de todo, bastaron unas pocas páginas para comprender que no estaba ante un texto más, sino ante uno de esos ensayos breves que, sin necesidad de exhibir erudición pesada ni aparato académico abrumador, logran introducirse en zonas muy profundas de la experiencia contemporánea.
Byung-Chul Han posee, entre otras virtudes, la capacidad de formular diagnósticos culturales con una claridad casi incómoda. Su escritura es concisa, pero no superficial; breve, pero extraordinariamente densa. En La sociedad del cansancio propone una interpretación sugerente del malestar característico del siglo XXI, articulada en torno a una tesis central: hemos pasado silenciosamente de la sociedad disciplinaria descrita por Michel Foucault a una sociedad del rendimiento dominada por la positividad, la autoexigencia y la optimización permanente. Este desplazamiento, aparentemente sutil, implica en realidad una mutación profunda en la forma del poder, en la naturaleza de la violencia y en el perfil de las patologías predominantes.
Han parte de una idea tan sencilla como feraz: cada época genera sus propias enfermedades emblemáticas. Si el siglo XIX estuvo marcado por patologías bacterianas y el XX por el paradigma inmunológico —obsesionado con la defensa frente a virus, amenazas y enemigos externos—, el siglo XXI se caracteriza por el auge de las enfermedades neuronales. Depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), síndrome de desgaste ocupacional (burnout) o trastorno límite de la personalidad aparecen así no como fenómenos aislados, sino como síntomas estructurales de una determinada organización social. Lo que enferma ya no es principalmente la negatividad de la represión o el conflicto con la ley, sino el exceso de positividad, de estímulos, de posibilidades y de exigencias de rendimiento.
En la sociedad disciplinaria, el poder operaba mediante la prohibición, la norma y el límite. El individuo estaba sometido a mandatos explícitos: debía obedecer, ajustarse, adaptarse. El verbo modal dominante era el «debes». Había fronteras claras entre lo permitido y lo prohibido, entre lo normal y lo anormal, entre el dentro y el fuera. Este modelo producía sus propias figuras patológicas: locos y criminales, sujetos que transgredían la norma o no lograban encajar en ella. La negatividad estructuraba tanto las instituciones como la subjetividad. Sin embargo, según Han, ese paradigma ha ido cediendo terreno ante una lógica muy distinta, aparentemente más amable y flexible.
La sociedad del rendimiento ya no se articula en torno al «debes», sino al «puedes». El individuo no se percibe como sometido, sino como libre. Puede reinventarse, superarse, optimizarse. Puede ser más eficiente, más creativo, más productivo. Esta positividad constante, lejos de eliminar la coacción, la desplaza hacia el interior. El sujeto contemporáneo ya no es un sujeto obediente, sino un sujeto de rendimiento, empresario de sí mismo. La explotación no desaparece; se interioriza. El explotador y el explotado coinciden ahora en la misma persona. Nos imponemos metas, ritmos y exigencias convencidos de que estamos ejerciendo nuestra libertad, sin advertir que esa autoexigencia puede resultar más implacable que cualquier coerción externa.
Aquí emerge una de las intuiciones más perturbadoras del ensayo: la positividad también puede ser violenta. Tradicionalmente, la violencia se asociaba con la negatividad —represión, exclusión, prohibición—, pero Han sostiene que el exceso de positividad genera una forma de violencia menos visible y, por ello, más eficaz. No reprime, sino que agota. No prohíbe, sino que empuja a rendir sin descanso. La presión ya no adopta la forma del mandato autoritario, sino del estímulo constante. Siempre se puede más. Siempre se puede mejorar. Siempre se puede optimizar. Cuando todo se convierte en posibilidad, la imposibilidad se transforma en culpa. El fracaso deja de atribuirse a las condiciones externas y pasa a interpretarse como insuficiencia personal.
En este contexto, Han interpreta la depresión como la patología paradigmática de nuestro tiempo. El sujeto depresivo no es simplemente alguien triste, sino alguien que ya no puede sostener el imperativo del rendimiento. El «yo puedo», que parecía tan liberador, colapsa. La experiencia depresiva se vincula así al agotamiento ante la exigencia de poder-hacer ilimitado. De modo similar, el burnout aparece como una forma de cansancio radical, un desgaste existencial que no se resuelve con descanso físico ni con pausas ocasionales. Han lo describe, con una expresión tan gráfica como inquietante, como un «infarto del alma». No se trata únicamente de fatiga corporal, sino de una extenuación psíquica producida por la presión constante de rendir, producir y optimizar.
El análisis se extiende a la transformación de la atención. La proliferación de estímulos, informaciones y demandas fragmenta la percepción. La multitarea, celebrada como signo de eficiencia, es reinterpretada como síntoma de dispersión y superficialidad. La atención profunda, sostenida, paciente —condición de posibilidad para la lectura, la contemplación y la creación— se ve desplazada por una hiperatención nerviosa y reactiva. Han recupera aquí el valor del aburrimiento profundo, siguiendo a Walter Benjamin, como espacio fértil donde el tiempo se dilata y la conciencia puede abrirse a experiencias no instrumentalizadas. En una cultura obsesionada con la actividad, el aburrimiento se vuelve intolerable; no hacer nada parece improductivo, casi culpable.
Uno de los hilos más sugerentes del ensayo es la reivindicación de la negatividad. Han distingue entre potencia positiva (poder hacer) y potencia negativa (poder no hacer). La sociedad del rendimiento absolutiza la primera y debilita la segunda. Sin la capacidad de detenerse, de interrumpir, de decir no, la libertad queda erosionada. La hiperactividad contemporánea, lejos de constituir verdadera acción, puede convertirse en mera agitación nerviosa. Incluso el ocio queda condicionado por la lógica del rendimiento: descansar también debe ser eficiente, planificado, optimizado.
El ensayo culmina con una distinción particularmente bella entre dos formas de cansancio. Existe un cansancio negativo o patológico, el que vacía, aísla y rompe el vínculo con el mundo. Es el cansancio del burnout, de la saturación, de la autoexplotación sin tregua. Pero existe también un cansancio positivo, un cansancio sereno que no destruye sino que reconcilia. Inspirado en Peter Handke, Han sugiere que el cansancio puede convertirse en experiencia generadora cuando no surge del exceso de rendimiento, sino del desarme del yo. No clausura la relación con el mundo; la suaviza.
Al cerrar La sociedad del cansancio, la sensación predominante no es la de haber recibido información nueva, sino la de haber sido interpelado. Muchas de sus descripciones resuenan con inquietante familiaridad: la prisa constante, la dificultad para descansar sin culpa, la presión de optimizar cada dimensión de la existencia. Han no ofrece soluciones ni recetas; su propuesta es más modesta y, a la vez, más profunda: hacernos conscientes del clima invisible que estructura nuestro malestar. Quizá, sugiere implícitamente, no estemos simplemente cansados de trabajar demasiado, sino de vivir bajo una lógica que ha convertido la libertad en obligación y la vida en proyecto de rendimiento continuo.
No sé si Han tiene razón en todo, pero sí sé que su mirada resulta extraordinariamente original. Porque ayuda a formular preguntas necesarias: ¿de dónde proviene realmente nuestro cansancio?, ¿qué lugar ocupan el silencio, la pausa y la contemplación en nuestras vidas?, ¿qué precio pagamos por la positividad permanente? Hay libros que entretienen, otros que informan, y unos pocos —muy pocos— que, con apenas un centenar de páginas, logran alterar suavemente nuestra forma de mirar. Este, sin duda, pertenece a esa última categoría. Si te animas, con total seguridad te verás interpelado por el libro. Ya verás. Hasta la próxima.



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