lunes, 30 de marzo de 2026

Pedro Miguel Lamet: El resplandor de Damasco. Por Cristina J. Gortázar Rotaeche

Lamet, Pedro Miguel: El resplandor de Damasco. Pablo de Tarso, el Apóstol de las naciones. La Esfera de los Libros, Madrid, 2015. 370 páginas. Comentario realizado por Cristina J. Gortázar Rotaeche.

Quienes seguimos a Pedro Miguel Lamet esperábamos con interés esta nueva novela histórica, que no nos ha decepcionado. El lector conoce desde un principio la historicidad y las principales fuentes utilizadas (pp. 351-362), de modo que lee un relato interesante, ameno y emocionante, sabiendo que Lamet guarda fidelidad a los datos históricos probados. Eso sí, el autor opta por una u otra hipótesis en las cuestiones no suficientemente documentadas, y así lo advierte (por ejemplo, respecto del posible viaje de Pablo a Hispania).

Además, a los que carecemos de una formación completa en Sagrada Escritura Lamet nos enseña mucho más –y mejor– sobre Pablo que cuantos relatos hayamos oído en la infancia, y nos instruye y evangeliza más allá de las lecturas inconexas que escuchamos de cuando en cuando en la Iglesia. Por otra parte, el autor logra que el lector quiera saber más. No es infrecuente que tras leer, por ejemplo, El último jesuita, sienta uno la necesidad de conocer algo más sobre las circunstancias históricas y las consecuencias de la extinción de la antigua Compañía. De la misma manera, al acabar Pablo de Tarso: el resplandor de Damasco, uno experimenta la pulsión de perseguir más información sobre Pablo, y también sobre Pedro, sobre Lucas y, a la postre, sobre Jesús de Nazaret y la enorme revolución en la que sumió –y continúa sumiendo al mundo– con su Buena Nueva.

La novela tiene dos tiempos. Un tiempo transcurre en la Roma de Nerón posterior al incendio y nos relata cómo viven dicho tiempo el centurión Marco Julio Severo (Julio) y Livia, su esposa. Julio siente una profunda admiración por Pablo, a raíz del viaje que realizaron juntos –el primero como oficial, y el segundo como preso– para conducir a este último a Roma con la finalidad de ser juzgado. Ahora, Pablo está de nuevo en prisión en Roma mientras espera el juicio como ciudadano romano, gracias al privilegio de Tarso. Por entonces, Julio recibe del propio Cefas (Pedro, también en Roma atendiendo a la voz divina que le invita a permanecer en la Urbe, donde será finalmente delatado y crucificado) un «paquete de papiros enrollados y atados con cintas», con la encomienda de que los ponga a salvo: «Julio, salva estos manuscritos nuestros para la posteridad» (p. 20). Entre esos rollos, Julio se encuentra con buena parte de las Cartas de Pablo y con un borrador de los Hechos de Lucas. Julio se sumerge en los papiros con la idea de realizar un informe a los procuradores de Roma con carácter previo al juicio de Pablo. Pero, conforme va leyendo, las lecturas le seducen de tal modo que se entrega con pasión a la escritura: quiere completar un relato al que podrá aportar sus propias experiencias con el apóstol durante aquella larga travesía por mar y los posteriores años en Roma. Como los rollos que le ha entregado Pedro están incompletos, Julio recurre a dos protagonistas esenciales: a Lucas (que será amigo del alma y confidente de Julio a largo de toda la novela), al que tiene a mano –a pesar de las cautelas con que ha de visitarlo, debido a las crueles persecuciones a los cristianos– y, aunque menos accesible, tiene al mismo Pablo en prisión, al cual realiza alguna visita.

El segundo tiempo es, por tanto, la vida misma de Pablo de Tarso, que Julio va escribiendo a partir de los rollos recibidos de manos de Cefas: allí aparece Pablo niño; Pablo en Jerusalén de adolescente; su camino a Damasco y su conversión; todas sus intrépidas hazañas, que pueden seguirse a través de los mapas que se aportan, así como su inteligencia rápida y prudente, especialmente desarrollada para la oratoria; pero también aparece un Pablo especialmente tierno, con el que no estamos familiarizados, pero que surge una y otra vez, quizá con mayor intensidad según va envejeciendo. La singular pluma de Pedro Miguel Lamet suele estar atenta a todo, pero de modo especial a los sentimientos y a la nobleza del espíritu allí donde los percibe.

Lamet resuelve con delicadeza y astucia algunos temas controvertidos. Por ejemplo: en la Primera Carta a los Corintios, Pablo se muestra contrario a que las mujeres se despojen del velo en las reuniones, y de algún modo no aprueba su equiparación a los varones en la Asamblea. Lamet pasa sobre este tema sin acritud, mientras que deja bien establecida la entrañable amistad y admiración de Pablo por varias de las mujeres que se cruzaron en su camino: Loida y Eunice –abuela y madre de Timoteo–; Lidia en Tesalónica –«en su mirada adivinó Pablo penetración e inteligencia» (p. 160)–; Sindique y Evodia –«embrión de la primera comunidad cristiana en Europa: ninguna de ellas se borrará nunca del corazón de Pablo» (p. 162)–; Priscila (y también Febe), con la que se encuentra por primera vez –que no última– en Corinto; etc. También aparece en la novela, como es lógico, el asunto de la salud de Pablo, probablemente esas fiebre palúdicas que recidivan y que le provocan enormes dolores y sufrimientos. Esa malaria (el mal-aire) hace que Lucas sea tan bien recibido por Pablo cuando se une a su segundo viaje, que será el primero entre Oriente y Occidente, rumbo a Macedonia (p. 155).

¿Y del carácter de Pablo? ¿Era en verdad orgulloso, altivo? Lamet refleja al judío culto, hijo de la sabiduría grecolatina, que «lo mismo sabe saborear un poema que discutir un pensamiento filosófico» (p. 28); decidido, seguro de sí mismo y apasionado. Pero pone especialmente énfasis en su inteligencia (también en su ternura). La inteligencia de Pablo queda patente a lo largo de toda la obra de Lamet: en sus estrategias de viaje –qué viaje realizar, cuándo hacerlo, en qué lugar predicar–; en su psicología para enfocar su predicación, dependiendo de la idiosincrasia del pueblo al que se dirige –en Atenas, conquistarlos a través de la filosofía, de sus inquietudes, del enigma del dios desconocido... (p. 185), y en Corinto, la ciudad dionisiaca, hacerse con ellos, sabedor, al primer vistazo, de que eran «vividores pero asequibles, no como los orgullosos atenienses, tan seguros de sí» (p. 201)–; sus cálculos –casi siempre acertados sobre cuál sería la reacción del adversario, incluso sobre si su estado de salud le permitirá o no salir airoso de según qué vicisitudes; su rectitud y sabiduría ofreciéndose como tejedor para ganarse el sustento y poder así continuar con sus viajes y predicaciones.

Pero, sobre todo, Pablo debe lidiar con el rechazo de muchos judíos a la conversión de los gentiles y, especialmente, debe convencer a parte de los suyos (entre ellos Santiago, el hermano o pariente de Jesús) para que acepten que la circuncisión no ha de ser conditio sine qua non para la cristianización de los paganos, y ello como parte de su gran reto como apóstol de los paganos: «No hay judíos ni gentiles, señores ni esclavos, varones ni mujeres; en el Mesías somos todos uno» (p. 116). Con carácter previo a su viaje a Roma, escribe la Carta a los Romanos, preparándoles para su llegada. Es el compendio de su mensaje evangélico: «Uno se salva por la fe, el Mesías es el verdadero propiciatorio» (p. 267)»; el amor misericordioso y perdonador de Dios (p. 267). No obstante, antes de ir a Roma ha de llevar personalmente la colecta recaudada para las necesidades de la comunidad de Jerusalén y, además, confirmar la unidad y aprobación con los apóstoles (p. 269), mas en Jerusalén le espera quizá el trago más amargo de su vida...

Nada despreciable es la emocionante historia del centurión Marco Julio Severo, que Lamet nos va dejando conocer a la vez que avanzamos en la vida de Pablo. Julio y Livia, un matrimonio –¡tan actual!–, a través del cual, por momentos, vemos reflejados nuestros propios matrimonios, tantas veces relajados en la rutina, dejando para mañana ocuparnos de reavivarlos... Pero en el matrimonio de Julio y Livia se dan circunstancias extraordinarias, y eso es lo que hace reaccionar a ambos cónyuges, tan distintos, pero a la vez unidos ambos por el amor verdadero, aunque quizá ni ellos mismos lo sepan bien.

Mientras Julio prepara su informe sobre Pablo, desatiende a su esposa e hijos y fomenta –como ya se ha apuntado– una amistad profunda con Lucas; esta amistad entre un cristiano culto y sensible y un romano poderoso –junto a las lecturas y vivencias de Julio– va realizando en el centurión un cambio que lleva a Lamet a los párrafos más emotivos –en mi opinión de la novela, cuando, después de una vida como último responsable de las persecuciones a los cristianos, ve él también un resplandor... Porque, como dice Lamet, ¿a quién le importa si Pablo cayó del caballo o si su conversión fue un proceso?


No hay comentarios:

Publicar un comentario