viernes, 29 de octubre de 2021

Donal Ryan: Un año en la vida de Johnsey Cunliffe. Por Jorge Sanz Barajas

Ryan, Donal: Un año en la vida de Johnsey Cunliffe. Ed. Sajalin, Barcelona, 2020. 234 páginas. Traducción de Celia Filipetto. Comentario realizado por Jorge Sanz Barajas.

Donal Ryan es uno de los más brillantes escritores irlandeses de la actualidad. Hay quien lo empareja ya con John McGahern, quizá el mejor narrador, junto a Colm Tóibín y John Banville, de la Irlanda de fin de siglo. En sus novelas, fraguadas en el realismo, refleja como nadie la crisis del nuevo milenio en esa sociedad irlandesa cuya secularización avanza paralela a su salida de la crisis. Las razones de este fenómeno tienen su raíz en la utilización de la religión como coartada por los poderes económicos que esquilmaron al conocido como “tigre celta” desde los noventa. Bien valdrá Ryan para comprender qué sucedió en estas dos décadas (1990-2008) y bien habrá que saber qué aconteció en la vieja Irlanda para comprender las excelentes novelas de Donal Ryan, una de las cuales, Un año en la vida de Johnsey Cunliffe, reseñamos hoy. 

En esa última década del siglo pasado, la fervorosa y tradicional economía rural irlandesa se convirtió en una plataforma postindustrial preparadísima, con un impuesto de sociedades tan bajo que atrajo fondos de inversión poco éticos y, con ellos, las multinacionales que los alimentaban. En quince años, la renta per cápita irlandesa se multiplicó por 1,5, pero el precio de la vivienda subió un 250%. Toda la economía se volcó hacia el boom inmobiliario, con créditos baratos y fáciles… Dinero fácil y rápido, excesiva volatilidad financiera y valores rentables, pero poco productivos. Hasta que en 2008 la burbuja estalló, los bancos colapsaron y los ingresos derivados del mercado de la construcción desaparecieron, dejando a los contribuyentes con enormes deudas, fuertes recortes salariales (hasta un 15% se devaluó el sueldo de los funcionarios) y pérdida de poder adquisitivo, incluso de las prestaciones por desempleo, que cayeron algo más de un 4%. No siempre es lo más prudente confiar en los recortes impositivos y, sobre todo, en la desaparición de los impuestos progresivos a nivel de renta que gravan patrimonio y sociedades. Estimulante sí, pero nunca sabemos exactamente para quién. 

Un año en la vida de Johnsey Cunliffe narra la vida del joven que da título a esta novela. Aldeano en un pequeño pueblo de North Tipperary, no es sino un torpe adolescente sometido a todo tipo de vejaciones por sus compañeros de colegio y buena parte de sus vecinos, que le consideran pusilánime e incapaz de mejorar su triste vida. Ni siquiera las urracas levantan el vuelo a su paso: hasta el cielo sabe que es inofensivo. Tampoco es mejor la de quienes lo desprecian: parados, campesinos sin horizonte, jóvenes sin oficio ni beneficio que beben cerveza tras cerveza en el pub hasta la medianoche. Los chicos de la escuela reproducían el guion de la sociedad: “Así, los hijos de los peces gordos fueron juntándose entre ellos, y los hijos de los trabajadores y los de fuera formaron sus propios grupos”. El padre de Johnsey no pertenece ni a unos ni a otros; trabaja sus propias tierras y no conoce otra cosa que la honradez y la palabra dada. 

A la muerte de sus progenitores, Johnsey se convierte en un hacendado que vive de un pequeño trabajo en la cooperativa local y de las rentas que le proporcionan las tierras de su padre. No desea nada más que lo que tiene: una casa limpia, algo que comer, una rutina y su preciada soledad, tan solo interrumpida por la visita de algunos familiares que se preocupan de él en la medida en que Johnsey se lo permite. Pero todo se tuerce cuando un fondo de inversión comienza a comprar las tierras de los campesinos en una turbia operación en la que colabora la prensa y la recién constituida plataforma de vecinos que ya ha vendido sus tierras. Solo falta él, pero su respeto a la herencia de sus ancestros y su absoluta carencia de ambición impiden la operación de la multinacional. Los acontecimientos acabarán precipitándose y el extraño triángulo entre tres convalecientes de la vida (Johnsey, de una paliza; su amigo Dave, de un accidente laboral; la enfermera Siobhán, del subempleo) se va encadenando al fracaso. 

El lector encontrará una sintaxis sencilla, la de un irlandés que escribe en inglés con estructuras gaélicas, a veces con hallazgos verbales brillantes y profundos, arraigados en una tradición imbricada en la naturaleza. El gaélico es una lengua donde no se dice “tengo hambre” sino “el hambre está sobre mí”, del mismo modo que en euskera no se dice “tengo frío” sino “el frío me tiene”. Solo desde esta forma de estructurar el verbo se entiende la peculiar idiosincrasia cultural y natural de la isla. No es tan fácil desbridar una lengua, por mucho que algunos crean que todo es posible con dinero y tecnología. 

El género del relato funciona a caballo entre el western estilo Clint Eastwood, la memorialística de Faulkner y la confesión: la de un joven obligado a hacer lo que no quiere, a ser lo más alejado de su naturaleza, a acabar como nadie desea. El relato es fluido y el estilo, sobrio y seco. Vemos la realidad a través de la mente de Johnsey, siempre lúcida, pero como sucedía con tantos personajes del Faulkner de Mientras Agonizo, limitada, torpe y enferma. El protagonista tiene la profundidad suficiente como para hacernos temblar con sus reflexiones, aunque su lenguaje sea el de un niño. 

Es muy difícil manejar las pasiones de un narrador con tantas trabas emocionales, pero Donal Ryan consigue envolvernos en sus limitaciones: le basta con echar un vistazo a su cocina para encontrar aquello en lo que se estaba convirtiendo su propia vida. Como si fuera un bote de salsa de tomate vacío, “podías hundir el cuchillo hasta el fondo, hurgar sin parar y lo único que conseguías era sacar solo un poquito, aunque nunca lo suficiente para ser feliz”. La vida no tiene otro ser que la rutina que la va apagando: “¿De qué servía que sus días tuvieran nombre? A los días se les pone nombre únicamente si debes ir a algún sitio o tienes cosas que hacer”, pero sabe que “regresar a la soledad una vez interrumpida hacía que soportarla resultara diez veces más difícil que antes”. 

La vida de Johnsey acaba siendo un mal menor, como la de todos en el pueblo, resignados -como dicen sus familiares, los Unthank, también el padre Cotter- porque “así funciona el mundo, hay que dejar que los hombres de negocios construyan lo que se proponen y se llenen los bolsillos porque, a la larga, su codicia beneficia a todos”. La resignación como motor social es la metáfora sobre la que se edifica el colapso económico del capitalismo salvaje. Pero conviene no tensar la frágil cuerda de la vida, porque como bien sabe Johnsey, “A veces no sabes cómo te sentirás al hacer algo hasta que vas y lo haces. Y entonces es demasiado tarde; ya no hay vuelta atrás”. Como debe ser en una novela de crisis, este libro de Donal Ryan fue rechazado por cuarenta y siete editoriales hasta que The Liliput Press se aventuró a publicarla hace siete años. En ese mismo 2013 recibió el The Guardian al mejor debut literario. El escritor era en aquel momento un discreto inspector de trabajo que escribía sus tres horas diarias de nueve a doce de la noche. Trabajador vocacional, aún hoy duda si regresar al tajo a pesar del éxito. Uno prefiere el título inglés: The Thing About December, porque la clave de la novela es este mes último donde parece que sucede siempre todo lo que ha de suceder: la pandemia no baja, Trump no levanta cabeza y Google cae unas horas… Diciembre tiene litros de adviento y gotas de apocalipsis. Esta novela tiene algo de western crepuscular, si es que algo así puede germinar en Irlanda: si no se lo acaba de creer, pruebe a cambiar Las Rocosas por Logh Derch, en Count Tipperary, y no le sonará tan raro. 

El irlandés Donal Ryan tiene como escritor esa genética del hambre irlandesa, de la rebeldía contra la casaca roja inglesa, de la lengua indomable e incomprensible, de las historias con aroma a turba, a patata cocida, a estiércol de vaca, a leche agria, de los relatos de carcajada y pinta. Pero, sobre todo, tiene una extraordinaria empatía con el dolor y la sangre de los hombres y mujeres que habitan la Irlanda deprimida. Vive en Limerick, donde Edward Lear escribía aquellos poemitas absurdos y divertidos que tanto gustan a niños y adultos. Su voz, como la de Colin Barrett o John Keane, todavía creen que es posible una democracia social que piense y sienta por encima de los intereses del mercado. Como decía el poeta Patrick Kavanagh, el ojo del escritor debe estar siempre en la calle. A Ryan le interesan las personas normales y sus relaciones. Como le sucedía a Joyce, a Salter, al propio Ignacio Martínez de Pisón (a quien le gustará, y mucho, Ryan, si no lo conoce aún) los vínculos familiares y la estrechez del mundo son los motivos narrativos más propicios para la buena literatura. Esta es la segunda novela de Donal Ryan que publica Sajalin, un acierto: resuena al conocido John McGahern, que ya ha sido publicado por AH Editorial. También al veterano John B. Keane, quien aún espera traducción. Como Ryan, el primero era barman y el segundo, barrendero, currelas con olfato y buena letra, pasión por Carver y su sobriedad (narrativa). Y sí: Ryan volvió al tajo en 2017. Léanlo. Y si tampoco han leído a McGahern, no saben lo que se pierden. Donal Ryan no le anda lejos. El cineasta Seán Breathnacht estrenará en 2021 Foscadh (“Abrigo”) basada en la novela de Ryan.


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