jueves, 5 de julio de 2018

Juan Manuel de Prada: Morir bajo tu cielo. Por Gervasio López

De Prada, Juan Manuel: Morir bajo tu cielo. Espasa, Madrid, 2014. 752 páginas. Comentario realizado por Gervasio López.

Acostumbro a principiar mis textos con un preámbulo un tanto estrábico, beodo y en ciernes desatinado, con el que encorsetar mis desboques neuronales y al menos hilvanar, así, ciertas ideas provechosas; o por decirlo de otro modo y seguir con el enredo y la farfolla, con una bien confusa y no muy breve digresión que, aun lastrada por la pesantez de las muchas tautologías que empleo y por la broza como abstrusa con que se enmaraña mi estilo literario, nos sirva como de guía para transitar por entre el artículo, capítulo o relato que me dispongo a perpetrar. En este caso, sin embargo, pues quizá lo anterior me haya servido de exorcismo liminar, obviaré exordios extenuantes y me dedicaré a lo mollar, a lo nutricio y suculento, pues tras la lectura de Morir bajo tu cielo, del eximio y siempre inspirador Juan Manuel de Prada, a uno lo sepultan sensaciones muy pugnaces, muy vivos afanes y sentimientos que ansía proclamar y compartir, para el bien de los lectores y alivio de las emociones. Y es que el de Zamora –y que me disculpen los de Baracaldo– ha vuelto a urdir una mayestática novela, una historia que, por todo aquello que recrea y por el modo en cómo nos lo glosa, habrá de pasar a los más celebérrimos anaqueles de la literatura hispana.

Con un acierto casi taumatúrgico –quizá proveniente de esos instantes maravillosos en que Dios se confabula con el autor y le susurra al oído—, Juan Manuel de Prada nos presenta el Sitio de Baler (Filipinas, 1898), donde aquellos «últimos» se batieron los bofes con unos insurrectos contaminados por la masonería y por el espurio interés de los Estados Unidos, ya por entonces ávido de colonias que aplastar. Y así, en las dos primeras partes del libro, a través de junglas infestadas de ilongotes, a quienes las cabezas de los enemigos se les hacen casi caramelos; discurriendo por entre poblachos construidos con madera; o a lo largo de ciudades donde se camuflan las oscuras veleidades y traiciones de los poderosos, los vicios de los más sórdidos lupanares o los subrepticios contubernios de una masonería cristofóbica y soberanista, Juan Manuel de Prada indaga en los problemas y alifafes de una España en ciernes demolida, nos presenta a unas gentes para siempre inolvidables y propicia, a un tiempo, que los dientes se nos afilen para disfrutar de lo que habrá de venir hacia el final del libro, sumiéndonos en una suerte de embeleso en que el tiempo se transforma en apenas un suspiro inadvertido. En la tercera parte, por último, adviene la apoteosis del Sitio de la iglesia de Baler, hoy de recuerdo ya destartalado pues, a pesar del heroísmo quijotesco con que aquel suceso refulgió, vino a ser, a la postre, como los requilorios con que se adornó el birrioso catafalco de una España insigne, de una España ya doliente, por entonces moribunda, en la que los gobernantes se emborrachaban de liberalismo y los funcionarios se dejaban domeñar por la venalidad. Desposeída ya de cuanto había sido, aquella España tan solo dolía a unos pocos hombres probos, siempre humildes –en su más bíblica acepción– siempre reacios a doblegarse frente a los embates de una modernidad que se azacaneaba en malbaratar la tradición y el Catolicismo. Pero entre los vaivenes y los zamarreos de una vida que se defenestra siempre hay, como brotado de un salvífico venero, un aliento que nos lleva a soportar el mal y a sobreponernos; el aliento, sin duda, que animó a los bravos de Baler.

Hay en Morir bajo tu cielo un mucho, por supuesto, de ese Juan Manuel de Prada enciclopédico y genial, colector de hallazgos estilísticos, arqueólogo del diccionario, que encontramos en sus obras anteriores y del que gozamos cual gorrino en lodazal: sin recato y como ensimismados. Pero hay un mucho, también, de un Juan Manuel de Prada como nuevo; de uno que visita el folletín decimonónico y lo trastoca un tanto hasta mejorarlo sin medida; de uno que, movido por ese afán arqueológico al que antes aludía, rescata a los más altos nombres del 98 y los remoza, lustrándoles una muy bella pátina; de uno que, por esa bis cinéfila que tanto ha proclamado, nos somete a los fragores de la épica fordiana y nos hace sucumbir a ella, donde habremos de aprender la fortaleza irreductible de aquel que se sostiene con un íntimo ideal, siempre fecundo de dignidad, y afronta con pasmosa valentía lo que haya de suceder. 

Como a modo de entrevero inextricable, en Morir bajo tu cielo se amalgama la literatura de postín y el ensayo más sesudo; la aventura en que se enviscan los valientes, desdeñosos de temores y de consecuencias, y esa suerte de acedía o lenidad en que se aposentan los burócratas venales y los gobernantes; el amor casi párvulo que anida en los enamorados ciertos, en aquellos que se entregan por entero, y las más oscuras abyecciones de una mente perturbada, donde sólo se avecinda la maldad; el honor fúlgido, en fin –y discúlpeseme lo extenso del rimero descriptivo–, de unos pocos corajudos –hoy tristemente sepultado–, y el oprobio deleznable en que se refocila quien ansía arrebatar la honra a púberes adormecidas por las drogas. 

No obstante, aunque viene a ser cuasi infinito lo que se hace suculento en esta obra, todo palidece frente a sus protagonistas; pues en ellos, coruscantes siempre de una verosimilitud inhabitual, hallamos la verdad que la Literatura ansía, esa verdad casi inasible que tan solo los eximios escritores llegan a alcanzar y que a los más bisoños y mediocres juntaletras, como quien esto suscribe, se nos vuelve arcana y huidiza. Pues hay en ellos un mucho de carne que desea y que se duele; un mucho de sangre siempre viva, siempre revoltosa, con que nos conmueven y deleitan; un mucho de alma que se cuela entre las páginas y se nos remete hasta los tuétanos; un alma, en fin, que se ancla en las entrañas del lector y se estatúa en ellas ad aeternum, como antes ya lo hicieran legendarios personajes cuyas vidas ya anidan en las nuestras. Pues sin duda anidarán ya para siempre en mí la bizarra beatitud de sor Lucía y la caballerosa distinción de Las Morenas, en quien el honor se tiene por blasón; la nobleza de Novicio, el líder de los insurrectos, aquejado siempre de pesares, y que en verdad se revela como un regalo de Dios, y ese deje trabucaire de fray Cándido, siempre desdeñoso de tibiezas y eufemismos, al que la bondad le brota inmensa; el amor que se profesan Guicay y Chamizo y hasta la absoluta abyección en que yace Van Houten, el traficante de armas, cuya muerte tanto deseé. Y es que la novela de De Prada es mucho más que un texto pulquérrimo y bellísimo; es una muy nutrida colectánea de personas memorables; un extático epicedio que se entona, con prosodia un tanto cabreada, a una España ya abatida por el modernismo, al coraje y pundonor que demostraron unos pocos resistentes, siempre aferrados a la tradición; el quejicoso y a la vez enrabietado panegírico a una Filipinas que engañamos y preterimos, a esa Filipinas que unos gobernantes envilecidos, deturpados de liberalismo, pretendieron sodomizar y trocar en escurrajas de su esencia; una novela, en suma, que ya comba mi anaquel predilecto, aquel donde reposan las más brillantes obras que han sido y serán, a la espera de una siempre excitante revisitación.

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